Hoy encontré esta joya en la red
Prodavinci
Apología de la flatulencia, por Rubén Monasterios
Rubén Monasterios · Monday, October 7th, 2013
Los latinos llamaron peditum (apéndice o rabito) y, en un lenguaje más elegante,
crepitus ventris (crepitación o ruido del vientre), lo que en castellano moderno
significa “ventosidad que se expele por el ano” (según el Sopena), y se designa con
una variedad de nombres, entre otros: pedo (definición dada, en la primera acepción
del término), flato (“acumulación molesta de gases en el tubo digestivo”, 1ª. acepción),
meteorismo (“abultamiento del vientre por gases acumulados en el tubo digestivo”),
cuesco (en su 2ª. acepción, “pedo ruidoso”), neuma (del griego neuma, espíritu, soplo,
aliento; cultismo por analogía); y los vulgarismos más o menos locales, que son
metáforas funcionales o formales: viento, vapor, pluma. Ventosear, ventear, peer o
pear –palabra del habla común no aceptada por la Academia– y peir, en castellano
antiguo, son verbos que designan la acción de expeler los gases intestinales. Flatoso,
flatuoso, ventosero, pedorrero, pedorreta, pedorro, designan al sujeto de la acción y se
dicen en particular de aquel que los emiten frecuentemente y sin aprensión. Pedorreta
es el sonido que se hace con la boca, imitando al pedo, usualmente con propósito
desaprobatorio. La forma peo no figura en los diccionarios de la lengua ni siquiera
como venezolanismo, aunque Corominas y Pascual la reseñan como vulgarismo
antiguo; tampoco la considera Rosenblat en Buenas y malas palabras (Estudios sobre
el habla de Venezuela); omisión notable por ser término de uso corriente y el más
generalizado para nombrar al pedo en nuestra parla coloquial desde tiempos pasados.
El Maestro se refiere a él apenas tangencialmente, en el artículo Tratado general de la
rasca (Ob. Cit., II. Ed. Monte Ávila, 1989. P. 13) y sólo en su acepción de borrachera:
“Está peado” o “Está peísimo”, destacando que son “expresiones muy groseras”.
Usado en femenino significa lo mismo, como en “tener una pea” y “dormir la pea”; así
se dice en una canción popular jocosa del Oriente venezolano: “¡Ah!, cuerpo cobarde, /
cómo se menea. / Yo cargo una pea / que Dios me la guarde”. Figura en Diccionario
del habla actual de Venezuela (Rocío Núñez y F.J. Pérez. UCAB, l994): “Peo m 1 coloq
Discusión o pelea. / 2 coloq Reprensión. // armar un… coloq Regañar o reprender a
una persona con dureza”; y en el mismo sentido en que lo reporta Rosenblat. Se
apreciará que entre venezolanos, peo es un término polisémico, que lo mismo quiere
decir lo dicho, como riña, escándalo, problema y otras asociaciones análogas; de
hecho, es una palabra “comodín” usada en expresiones como “yo no quiero peos” (no
quiero problemas) y “estoy metido en un peo”; “le formó –o armó– un soberbio peo”
(le hizo un escándalo, le dijo unas cuantas verdades, etc.), “deja el peo” (deja de
fastidiar, de enredar las cosas, etc.), entre otras; de aquí que, en nuestro ambiente, al
calificar a alguien de “peorro”, de usar el término en la acepción admitida por la
Prodavinci - 1 / 16 - 29.11.2014
2
Academia de la Lengua para pedorrero, queremos dar a entender que es un individuo
capaz de originar una “muchedumbre de ventosidades expelidas del vientre” (Ob. cit.),
o “que frecuentemente y sin reparo expele ventosidades del vientre” (Casares); o que
es un formador de peos, esto es, que se trata de un sujeto en alguna medida
conflictivo; aunque lo más probable es que a primera oída lo entendamos en este
último sentido vernáculo.
Reseñamos las denotaciones populares del término “peo” en sus acepciones de
conflicto y borrachera como simples puntos de referencia y a propósito de señalar que
no nos interesan en absoluto; en efecto, esta Apología está exclusivamente consagrada
al pedo o peo en cuanto fenómeno biofisiológico. Admítase esta obra como un modesto
aunque sincero reconocimiento rendido al mismo, así como a los petogénos, petófilos,
rinofleristas del flato, eproctofílicos, proctólogos, petómanos y petólogos del mundo.
***
La repulsión por las ventosidades es un condicionamiento cultural, un asunto que sólo
tiene como base el capricho y el humor de los hombres, y es una actitud moderna. La
sabiduría de los antiguos los llevó a celebrar el pedo (del latín peditum) y hasta a
asignarle un dios; entre los romanos Crépitus –de donde proviene su nombre
científico, crepitus ventris– fue el dios de las ventosidades; pero la adoración de los
pedos viene de tiempos más remotos, de los egipcios; el nombre de su dios era Krep-ra;
ambos pueblos, egipcios y romanos, le rendían culto expeliendo eructos y
ventosidades en las fiestas; muchos otros pueblos antiguos igualmente lo
reverenciaron. Para los griegos de los tiempos clásicos el pedo, lejos de ser indecente,
encerraba la más perfecta y majestuosa manifestación de respeto de la persona hacia
un superior, fuese rey o sacerdote; y entre ellos gozaban de alta estima los augures
que practicaban la petomancia, o adivinación del futuro por los flatos. El semidios
Hércules realizó varios de sus famosos trabajos gracias a sus formidables peos; por
ejemplo, logró mediante un flato titánico la limpieza de los establos del rey Augías, en
los que no habían recogido el estiércol por años y cuyo apestoso hedor infectaba todo
el Peloponeso. Cuenta Homero que cuando el viento no lo favorecía, Ulises largaba
flatos contra las velas de su navío, cuescos épicos que las hinchaban y lo hacían
avanzar cientos de millas. Los moabitas rendían culto a Baal-peor emitiendo flatos
colectivos luego de colocarse en la posición del orante mahometano con el fundillo
orientado hacia la imagen del dios. Y el Antiguo Testamento (Jueces) narra las hazañas
de Sansón, que barría ejércitos de filisteos con sus ventosidades; también se le
atribuye la invención del lanza-llamas, un arma usada por los judíos que les dio
superioridad sobre sus enemigos. Era Sansón un hombre voraz y gracias a su
desmesurado apetito lograba el efecto al que se refiere el hecho; se hartaba de nabos,
alcachofas, coliflor, brócoli, repollo, colecitas de brucelas, pimentón, ajos, cebolla,
pepino, puerros, frijoles, lentejas y coles la noche previa a una batalla; en el momento
decisivo del curso de la misma, se ponía en popa, desnudo, ante una hoguera y se
tiraba peos monumentales, los verídicos ciclo-peos. Al pasar la ventosidad por el fuego
se incendiaba, formando una masa ígnea devastadora. De haber vivido Sansón doce
siglos más tarde, en los tiempos de la expansión imperialista romana, estos no habrían
podido dominar a los hebreos.
Parecerán estas cosas exageraciones propias de las mitologías, sin embargo, no
Prodavinci - 2 / 16 - 29.11.2014
3
perdamos de vista que en todo mito, leyenda o conseja hay un fondo residual de
verdad; la ciencia moderna ha comprobado que el gas intestinal humano contiene
metano, skatol, ácido sulfúrico, hidrógeno, nitrógeno, dióxido de carbono y oxígeno,
fluidos inflamables; cualquiera puede comprobar el efecto soltando una potente
ventosidad ante un vela o mechero; y existe evidencia testimonial del uso bélico del
poder del flato: el almirante Nelson, un héroe moderno nada mitológico sino
rigurosamente histórico, disparaba peos que hundían barcos; claro, barcos pequeños.
Los anales petológicos registran el caso de un sujeto conocido como el Crepitante,
dotado de la capacidad de hacer sentir sus peos en todo un estadio, dejando el
ambiente impregnado con su olor durante semanas; un teatro fue clausurado debido a
que el hedor de una de sus ventosidades no se disipaba; una década después, todavía
se percibía en su entorno; también se le atribuye el haber ganado una apuesta al
llenar con sus vientos intestinales la cisterna de uno de esos camiones usados para
transportar gases.
A propósito de valorar en sus justos términos esas proezas; considérese que los seres
humanos normales producimos, en promedio, unos seiscientos mililitros de gas
intestinal al día, apenas lo suficiente para inflar un balón de fútbol; y que los pedos
son de aroma efímero: no duran más de dos minutos; algunos muy especiales, hasta
cinco minutos; su radio de influencia es breve: dejan de sentirse a partir de los
quince metros a la redonda;
El emperador Claudio promulgó en el año 41 el edicto Flatum crepitumque ventris in
convivio mettendis; establecía en ese documento cómo debían expelerse las
ventosidades durante las comidas. Tomó esa sensata disposición al saber que algunas
personas de su corte, movidas por el respeto, preferían morir antes de ventearse en su
presencia, y reconociendo que dicha retención atormenta hasta el momento de expirar
a causa de horribles cólicos.
En la Edad Media, de acuerdo al derecho feudal, el señor podía exigir a sus siervos el
tributo de pedo y medio por año; y en Inglaterra un vasallo debía ejecutar ante el rey,
todos los días de Navidad, un salto, un eructo y un pedo. Los nobles de la corte de
Luis XV se peaban en público y cada vez que el monarca largaba un pedo los
cortesanos presentes lo celebraban con risas, aplausos, gritos de júbilo y la
tradicional exclamación: “¡Vivat le Roi!, ¡Vivat le Roi!”; recibir un pedo del rey era
mejor que una bendición; los excrementos del monarca se vendían a precio de oro,
porque se creía que tenían propiedades curativas…
Fue con el inicio de la Edad Moderna cuando alcanza su clímax la reprobación social
del pedo. Con el triunfo de la Revolución Francesa, esas sanas y elegantes costumbres
empezaron a verse despreciables, por ser propias del Antiguo Régimen; los curas
revolucionarios, que no faltaron, anatemizaron la flatulencia diciendo de ella que era
la voz y el olor del Diablo; la nueva sociedad condenó los cuescos y llevó a cabo la
más ensañada represión de los pedorreros y petófilos, señalados como enemigos de la
Revolución. Los adulantes más corrompidos del entorno del nefasto y vesánico
Robespierre, elaboraron listas de ellos; circulaban por todos los despachos públicos, a
propósito de impedir a los infelices ventoseros toda gestión social y de facilitar su
persecución por el canallaje revolucionario. La represión llegó al extremo durante el
Terror; entonces la simple sospecha de haber exhalado un flato en público era
Prodavinci - 3 / 16 - 29.11.2014
4
suficiente para llevar a un hombre a la guillotina.
En tiempos de la Colonia los pedos comenzaron a considerarse actos de mala
educación en la alta sociedad de Caracas; sin embargo, el flato seguía presente en el
organismo humano, obviamente… ¡Porque el peo es como Dios, intangible, pero
eterno y omnipresente!; al respecto, viene al caso citar los siguientes versos de Lope
de Vega; es un parlamento de su comedia La dama boba, eliminado por los censores
de tiempos más recientes:
¡Seamos hombres, o gentiles damas
niños, adultos, ancianos o ancianas;
Seamos bellos, o esperpentos feos
todos, sin excepción, largamos peos!
Y ese prodigioso fenómeno fisiológico ocurre al menos trece veces al día. Siendo, pues,
inevitable la expulsión de los pedos, las damas mantuanas siempre andaban en
compañía de una pequeña esclava, a la que atribuían los vientos largados por ellas;
además, para poner en evidencia su reprobación del gesto, le daban unos pescozones
por la indecencia. De ahí viene la expresión “paga peos”.Al pueblo llano, en cambio,
no le inquietaban las flatulencias; en Venezuela, hasta principios del siglo diecinueve,
la gente común seguía la sana práctica de orinar, defecar, largar flatos y fornicar en
los teatros; no obstante, en l834 la municipalidad de Caracas promulgó un fatídico
Reglamento de Policía del Teatro que prohibió tales conductas, so pena de cárcel y
multas. Los empresarios, en oposición a esa ordenanza, alegaron que coartaba la
libertad del soberano; que no había razón para privar al público del precioso derecho
de ponerse el sombrero, fumar tabaco, pearse y mear donde se le antojase, cosa que
no estaba prohibida ni a los perros; y que si las señoras no querían ver ni oler, que
cerraran los ojos y se taparan las narices. Ese decreto represor de la libertad hasta el
día de hoy no ha sido derogado.
Lamentablemente, en el marco de la civilización occidental moderna el pedo es una
indecencia, y no faltan quienes, sin fundamento científico alguno, lo consideren un
factor de contaminación ambiental; alegan los Verdes que si bien, individualmente
apreciada, la producción de gas intestinal es una cantidad insignificante: unos
seiscientos mililitros/día, según lo reseñamos antes, multiplicada por los siete mil
millones de almas de la humanidad íntegra, arroja un volumen monumental de tres mil
novecientos millones de litros al día, una masa apestosa y letal que impregna la
atmósfera; y eso sin tomar en cuenta a los animales, en especial los herbívoros. Razón
suficiente –dicen los promotores de la idea– para entender lo absurdo de la frase que
decimos corrientemente: “Voy a salir de casa a coger un poco de aire fresco”.
Atribuyen aterradores efectos a la concentración cada vez mayor de gases intestinales
en la atmósfera, desde su influencia en el aumento del tamaño del agujero en la capa
de ozono, hasta la incidencia alarmante del cáncer y otras diversas enfermedades
respiratorias y cerebrales. Con el crecimiento en progresión geométrica de la
población mundial, esa concentración alcanzará su nivel crítico en la primera mitad
del siglo veintiuno, y entonces todos moriremos ahogados en la masa pútrida; la
humanidad se extinguirá, como ocurrió con los dinosaurios. El argumento apocalíptico
es del todo falaz; se desploma al no tomar en cuenta la sutil naturaleza de la
flatulencia, cuyo efecto es su rápida disolución en la atmósfera del planeta; puede, en
Prodavinci - 4 / 16 - 29.11.2014
5
consecuencia, la humanidad seguir peándose en paz por toda la eternidad.
La tendencia antiflatuléntica radicalizada con la Revolución Francesa, y todavía hoy
propugnada por educadores y movimientos ecologistas, en realidad empieza a cobrar
forma en Europa a mediados del s. XV, muy probablemente debido a la influencia de
la obra del humanista Erasmo de Rotterdam, el ensayista de temas cívicos más
popular en la Europa de esa época. Fue Erasmo uno de los acérrimos enemigos de
las ventosidades; las condenó en su tratado De civilitate morum puerilium (1528),
dedicado al entrenamiento social de los párvulos; ahí acuña la frase “una tos para
tapar un pedo”, convertida en aforismo universal que hace mofa de los ridículos
esfuerzos de la gente por disimular lo inocultable. “No es socialmente admisible
valerse de triquiñuelas, como toser, mover la silla, mirar desaprobatoriamente al
perro, como culpabilizándolo, o hacerse el loco para disimular un cuesco; es
imposible, porque si no suena, hiede, y con harta frecuencia hace las dos cosas”;
–afirma Erasmo, ya continuación incurre en la siguiente insensatez– “en aras de la
civilidad, lo que debe hacer el niño bien educado es retener los gases comprimiendo el
vientre para no ofender a las personas presentes”. Erasmo sentó la pauta continuada
por todos los demás autores de manuales de urbanidad y buenas costumbres del
mundo; entre ellos, el venezolano Manuel Antonio Carreño, autor del más conocido de
esos textos didácticos, de enorme influencia en la educación de los niños de América
en el siglo diecinueve. Sin lugar a dudas, Carreño es uno de los principales culpables
de la repugnancia por los flatos.
Tanto como detractores, también siempre ha habido campeones del pedo. El genial
Honorato de Balzac declaró una vez que él era tan famoso, que podía permitirse
cualquier cosa en sociedad, incluso tirarse un peo, y la gente lo toleraría y hasta lo
festejaría. Camilo José Cela llegó más allá y llevó a la práctica lo dicho por Balzac
como una simple suposición; Cela se peaba en cualquier parte con el mayor
desparpajo, alegando que reprimir las ventosidades intestinales ocasiona daño
cerebral. Una de las mejores anécdotas suyas gira en torno a un cuesco… Estando
sentado en un banquete al lado de una dama que le caía muy mal, el Premio Nobel se
tira un sonoro pedo; a continuación le dice a la señora, a media voz, pero lo
suficientemente alto como para ser escuchado por los comensales del entorno: “No se
preocupe, señora, diremos que he sido yo”.
Lo del daño cerebral alegado por Cela, es verídico: lo saben los doctores desde
tiempos remotos. Hipócrates, el padre de la medicina, advirtió contra la nociva
práctica de retener los peos; el sabio Quintiliano lo expuso claramente en uno de sus
tratados: “Un pedo que, para salir, ha realizado esfuerzo vano trasladando su ímpetu a
las entrañas desgarradas, a menudo causa la muerte”. Tirarse pedos es un recurso
salutífero del organismo para prevenir numerosas enfermedades: dolor hipocondríaco,
furor uterino, cólico, pasión idílica y ¡pare usted de contar! Cuando reprimimos los
flatos, o algo entorpece su salida, deben dar vuelta y atacan directamente al cerebro,
y como efecto de la enorme cantidad de vapores que transportan, corrompen la
imaginación y vuelven a la persona melancólica y frenética.
Afortunadamente, en la modernidad nadie está obligado a soportar esos agobios; de
fallar la farmacología antiflatuléntica, la ciencia pone a disposición de quien quiera
usarla una prenda íntima confeccionada en 1935 por Coco Chanel, a partir del diseño
Prodavinci - 5 / 16 - 29.11.2014
6
del proctólogo austrohúngaro Biela Weimar; su propósito es ayudar a las personas
afectadas por incontenentia crepita pestiferum, o sea, por la incapacidad de retener
sus gases intestinales pestíferos. Es una especie de calzoncillo cuya parte trasera,
hecha de un material especial, opaca el sonido de los cuescos; va provisto de un filtro
en ese mismo lugar para evitar la difusión de su aroma. Desde luego, sólo controla las
flatulencias normales; nada puede hacer tratándose de pedos wagnerianos.
Celebridades como Balzac y Cela se valieron del pedo con el propósito de épater le
bourgeois, que es una manera elegante de decir: joder al apacible vecino; en tal
propósito también ejemplifican el uso del viento orgánico como recurso para alterar
el orden; en efecto, es un medio de protesta; simular vocalmente un pedo es una
manera tajante de expresar repudio por un personaje público; dejar escapar un
sonoro viento detiene la verbosidad y libera la asamblea del agobio de un orador de
esos que prolongan indefinidamente su discurso soporífico. ¡Nadie se atreve a
continuar una perorata después de ser interrumpido por un buen pedo! Como suele
ser celebrado con risas, el personaje más solemne y pomposo pierde su gravedad ante
hilarante acontecimiento; su sonido armonioso e imprevisto disipa el aletargamiento
de los espíritus y el olor puede dispersar la más compacta reunión.
En la protesta específicamente política, el papel del vapor intestinal es invalorable; de
hecho, es un vero símbolo de la libertad. Tal cualidad del flato fue reconocida por los
estoicos, los más refinados entre los filósofos griegos; convencieron a sus adversarios
que la democracia sólo se consolidaba de suspenderse la represión no sólo de los
pedos, sino también de los eructos.
En sentido opuesto, el pedo y su pariente cercano, el eructo, también son significantes
de satisfacción; entre los chinos pearse y eructar son las formas más correctas de
expresar a los anfitriones profunda gratificación y agradecimiento por una comida
opípara, y son gestos que todo el mundo celebra con alegría.
No es necesario remontarnos a tan remotas latitudes para encontrar normas sociales
semejantes; en Venezuela son propias de los marabinos o maracuchos, y de los
zulianos en general, tanto que exaltan la costumbre en una de sus formas de canción
folclórica, la gaita; citamos algunas estrofas de una de las más significativas, titulada ¡
Mirá, mirá, maracucho!:
(Estribillo)
Mirá, mirá, maracucho,
este viento de Perucho!
¡Mirá, compadre Perucho,
los peos del maracucho!
¡Mirá, mirá, que son muchos
los amigos maracuchos
que aplauden al que se pea!
y aunque usted no me lo crea,
que no ven como exabrupto
la producción de un eructo.
Prodavinci - 6 / 16 - 29.11.2014
7
Doce peos y tres eructos
brotados por los conductos,
pa’ el zuliano son certeza
de energía y fortaleza;
así muestran su contento
por el abastecimiento.
¡Y al complacido anfitrión
llenan de satisfacción!
Como viene a ser evidente, existe una estrecha relación entre el pedo y el eructo; son,
como dijimos, parientes cercanos, aunque con relevantes diferencias; la más obvia
radica en los orificios por donde se produce la emisión; una ingeniosa cuarteta del
acervo folclórico los alude en los siguientes términos:
El eructo, siendo más galano,
es un viento que sale por la boca
en tanto el pedo, que no es tan ufano,
es un aire aventado por el ano.
Y en esos ingenuos versos también se hace sentir un prejuicio generalizado: atribuyen
al eructo la cualidad de “más galano”, vale decir, más distinguido, más elegante… en
resumen, le confieren un estatus por alguna razón superior al del pedo. Es un hecho
que la gente común soporta al primero mejor que al segundo, quizá debido al sitio por
donde salen, por cuanto la boca se exhibe inevitablemente, exceptuadas las mujeres
islámicas fundamentalistas; siendo bella, es un componente notable de la estética
facial, y en tal sentido es un reclamo sexual a primera vista, en tanto el ano, por la
propia configuración anatómica de los primates, aunque es un precioso agujerito
“húmedo y contráctil”, como lo acota Neruda, está escondido, y de él se desprende un
olor desagradable para los más delicados; sin embargo, a partir de que el eructo
salga por la boca, no debemos colegir su superioridad ante el pedo; lo cierto es que
desde toda perspectiva el flato es mucho más valioso, tal como se pone de manifiesto
en este ensayo; incluso, es más poético; Antonio Machado lo definió en Soledades, en
los siguientes término: “El pedo es una voz interior que no podemos evitar escuchar”;
jamás se ha escrito tan sublime frase respecto al eructo.
También viene a lugar tomar en cuenta que con el eructo no tiene sentido la más
placentera de las combinaciones fisiológicas: orinar y largar un viento al unísono;
mear sin tirarse un buen peo, es como ir a la playa y no ver el mar; al respecto, existe
un aforismo de los antiguos fisiólogos que reza:
Mingere cum bomba res
Gratíssima lumbis est.
(Mear tirándose un peo, gratísima cosa es.)
Pero existen diferencias más trascendentes, inherentes al proceso de su generación,
consecuente configuración y desarrollo en el organismo; el eructo es un simple gas
estomacal; el pedo, en cambio, es gas intestinal, y responde a un conjunto de
fenómenos bioquímicos y fisiológicos mucho más complejo; lo produce la combustión
Prodavinci - 7 / 16 - 29.11.2014
8
del bolo alimenticio cuando ocurre la asimilación de los alimentos; la hediondez propia
de la flatulencia se debe, en lo esencial, a la putrefacción, como efecto la acción de
bacterias, de alimentos que no son digeridos, y por esa razón no del todo absorbidos
e incorporados a nuestro organismo. Ese conocimiento viene de tiempos remotos;
véase la siguiente descripción de la dinámica del flato debida a Skorpios, un fisiólogo
griego del s. IV a.C.; la ciencia moderna la considera del todo válida. Como era propio
de los filósofos y demás científicos de la Antigüedad, expone el saber en versos:
Un vórtice de aire comprimido
que buscando la adecuada forma
de escapar de donde yace retenido,
en pestífera bomba se transforma:
hincha y recorre el tubo enfurecido,
hasta que al fin, origina el beneficio
de salir, silencioso o con ruido,
cuando encuentra al cabo el orificio
que al terminar el tubo tiene todo ente,
sea tal individuo animal, o gente.
El falto también es un excelente aliado del humor; el peo en sí, ya es cómico, y los
chistes que lo aluden se cuentan entre los más agudos; a manera de ilustración,
recordemos un par de ellos, de los clásicos:
Alguien pregunta: “¿Sabe usted por qué huelen los peos?” El interrogado responde:
“Bueno, por los gases pestilentes que contienen”… “¡No!” –replica el primero–. “Es
para que los sordos también puedan gozar de ellos”…
A la señora encopetada se le escapa un viento en plena reunión social, al momento en
que su mayordomo sirve el té. Dice ella entonces: “James, ¡detenga eso!”,
pretendiendo atribuir el desaguisado al mayordomo, y este, impávido, le responde: “Si,
mi señora, de inmediato… ¿Podría indicarme hacia dónde lo ha lanzado?”
Está presente el pedo en las religiones modernas; en el contexto del cristianismo, se
practicó por siglos el ritual conocido como risus paschalis; consiste en que durante la
misa de Pascua el sacerdote decía y hacía toda clase de indecencias durante el sermón;
cualquier extravagancia resultaba aceptable: remedar personajes notables o animales,
contar chistes obscenos, aparentar el acto sexual con un cómplice disfrazado de
obispo, simular la masturbación, levantarse los hábitos y mostrar los genitales y el
trasero, y tirarse pedos; la explicación más generalizada de esta insólita práctica es
que con ella se pretendía alegrar a la feligresía luego del período de tristeza de la
cuaresma. Los protestantes le rinden reverencia al falto, considerándolo un don divino,
a partir de que, según sus tradiciones, Martín Lutero, viéndose acosado por el Diablo,
lo ahuyentó con un pestífero pedo.
La ausencia del flato en las artes plásticas la explica la naturaleza etérea e intangible
de este fenómeno, sin embargo, una hipótesis propuesta por el criptopornólogo[1] e
historiador del arte Lucian Rizzo, sugiere su presencia, en forma larvada, en algunas
obras maestras, entre ellas la más notable El nacimiento de Venus (1482-1484), de
Sandro Botticelli; en este cuadro figuran cuatro personajes, el central es Venus; a la
Prodavinci - 8 / 16 - 29.11.2014
9
izquierda de ella, una de las ninfas Horas; a su derecha, suspendidos en el aire, el dios
Céfiro, y una de sus esposas, Cloris; representa a Céfiro en la acción de soplar con
fuerza hacia la espalda de Venus… ¿Por qué precisamente Céfiro, dios del viento del
oeste?, ¿y porque sopla hacia la espalda de la recién nacida diosa?, se pregunta el
investigador; según otros exégetas del cuadro, lo hace para impulsar hacia la costa la
concha que transporta a Venus por el mar en el que ha nacido. Rizzo hurga más a
fondo en el contenido del cuadro; su hipótesis supone en la presencia de Céfiro una
clave secreta, una metáfora del flato, y que el propósito de su acción es dispersar un
pedo exhalado por la diosa, y a la vez dar a entender que sus ventosidades son
apacibles, serenas, purificadoras, tanto como lo es el viento del oeste, personificado
por él, portador de la primavera. Soporta la hipótesis de Rizzo el hecho de que no se
trata de cualquiera de los cuatro dioses de los puntos cardinales, sino de Céfiro, dios
del viento del oeste; y el oeste es “el lado opuesto” al del nacimiento del Sol, en otras
palabras: “la parte de atrás”; Céfiro es un viento del trasero. En el mismo sentido, es
significativo que en La Primavera (1482) también aparezcan Venus y Céfiro; alguna
secreta significación debe tener esa insistencia de Botticelli de asociar a esos
personajes.
Los pedos de la zarina Catalina la Grande inspiraron a Tchaikovski su magistral
Obertura l8l2; los cañonazos con los que culmina la pieza son un homenaje rendido a
ellos. O’ Donnegan, biógrafo de Beethoven, insinúa que los primeros compases de su
5ª Sinfonía fueron inspirados por los pedos que se echó después de un hartazgo de
morcilla y rodilla de cochino ahumada trasegadas con cerveza.
Pero es en las artes de la performance en la que el flato ha dejado la huella más
indeleble; su presencia en la escena alcanza el esplendor en los cabarets y
café-conciertos de la Bella Época, con los artistas genéricamente llamados petómanos.
Hoy en día son una curiosidad histórica, pero lucieron su arte en los espectáculos de
variedades europeos de finales del siglo diecinueve; no pasaron de esa época, ¡lástima!
En la modernidad solamente existe uno, el Señor Metano, conocido como “Dios del
Gas”, es un showman inglés, heredero del célebre farter británico Tom Hardy. El
Museo de Ciencias de Londres recurre a él para demostrar a los niños el viaje de la
comida a través del sistema digestivo. Él mismo declara que cuando actúa en un lugar
cerrado, el olor obliga a los espectadores a taparse la nariz.
La Historia recuerda algunos de los más famosos peadores: el francés Joseph Pujol,
apropiadamente llamado Le Pétomane, introductor de este arte en los escenarios
nocturnos y durante muchos años principal atracción del café-concierto El Elefante,
adyacente al inmortal Moulin Rouge, y la graciosa “Dama Petómana” Deomenne
Clusson. Estos artistas eran músicos que tocaban instrumentos de viento, pero en vez
de soplarlos con la boca, lo hacían con el culo; a tal efecto se introducían por detrás
un tubo de goma que conectaba su ano con la boquilla del instrumento; mediante
enérgicas presiones ventrointestinales impulsaban la columna de aire que salía por el
esfínter adecuadamente relajado, pasaba por el tubo y llegaba al instrumento.
El dispositivo utilizado por esos artistas es similar a uno desarrollado por el doctor
venezolano Otrova Gómas, a partir del antes mencionado debido al doctor Weimar;
Gómas lo describe en su obra El jardín de los inventos (1983). Se trata del
flatoconductor ano-nasal, un calzoncillo ajustado, con un tubo de goma que se
Prodavinci - 9 / 16 - 29.11.2014
10
desprende de esa pieza por el lado del fondillo y termina en una mascareta que se
aplica en la nariz el usuario del aparato; originalmente fue un recurso científico, en el
marco de un experimento destinado a medir la resistencia humana a sus propios
gases intestinales; el artilugio traspasó los límites académicos y vino a ser conocido
por la gente común; se vende en tiendas especializadas y los ociosos lo usan para
disfrutar de sus ventosidades; lo cual es una práctica ampliamente generalizada, que
las personas llevan a cabo cubriéndose con una sábana; un procedimiento muy poco
eficiente, sea dicho al desgaire, por cuanto no impide la difusión del neuma; en
cambio, el artefacto citado lo concentra y posibilita gozar del viento intestinal íntegro,
hasta la última molécula del efluvio; de aquí su popularidad entre los rinopetófilos.
Los petómanos por lo general tañían flautas, el oboe y otros de sonido delicado… Pero
se dice que Joseph Pujol era capaz de tocar también el trombón, la trompeta y hasta la
tuba wagneriana. Podría suponerse que sólo los provistos de intestinos potentes
tendrían la capacidad de hacer sonar una de esas tubas, no obstante, se trata menos
de fuerza y más de habilidad y de cierto truco; el secreto bien guardado de esos
artistas consistía en que se aplicaban un sustancioso enema de tabaco poco antes de
salir a escena. Porque la lavativa de una infusión de tabaco en rama bien concentrada
origina una acumulación formidable de gases en los intestinos; sin ser músicos,
muchos recurren a los enemas de tabaco por el sólo placer de ponérselos y de
expulsar a continuación nutridas ventosidades. El filósofo Voltaire se cuenta entre los
notables en la Historia aficionadas a dichas lavativas; Napoleón Bonaparte fue otro;
fueron clistófilos.
Los efectos salutíferos, petógenos y excitantes del enema de tabaco se conocen desde
tiempos remotos; todavía hoy lo usan con propósito terapéutico los médicos naturistas,
y como recreación los eproctofílicos. Los galenos de antaño observaron que dichas
lavativas, además de aliviar males como dispepsia, gastritis, estreñimiento y otras
enfermedades, originaban en la persona estados de euforia; inicialmente lo
atribuyeron a las cosquillas y otras inquietantes sensaciones en la fosa rectal debidas
a la introducción de la cánula y del líquido, sin embargo, hoy sabemos que tanta
alegría, si bien responde en parte a esos efectos placenteros de naturaleza mecánica,
en lo primordial se debe a razones bioquímicas: a la acción de agentes químicos del
tabaco sobre nuestro sistema nervioso.
Los efectos reseñados nos llevan a forjar un sueño: que en las reuniones sociales, de
negocios, políticas o de cualquier otra índole, en vez de consumir el tabaco fumándolo,
la gente se administrara recíprocamente lavativas de tabaco y después descargara
ristras de flatos de todos los tonos sonoros y olores. Así reinaría el buen humor y la
cordialidad… ¡Todos nos amaríamos los unos a los otros! Quizá no pase de ser una
utopía; de realizarse, con toda seguridad la humanidad sería diferente.
La petomúsica ha perdido vigencia como espectáculo, pero se practica en ambientes
privados, muy discretos en sus actividades; refinados círculos de uranistas de todo el
mundo, incluso de Caracas, organizan recitales petofónicos reservados para
entendidos e iniciados.
Son escasos los compositores eminentes atraídos por esta técnica de interpretación; el
único realmente notable es Stravinski; su interés por el género nace de a su
Prodavinci - 10 / 16 - 29.11.2014
11
enamoramiento de la en sus días famosa petómana Deomenne Clusson, a partir de
quedar asombrado tanto por su virtuosismo, como por su magnífico trasero en forma
de manzana, al presenciar su performance en un café-concierto de París; para ella
compuso la obra conocida por la posteridad como Canon para dos tubas (1918),
originalmente titulada Canon para dos petómanos, un dueto escrito para tubas
interpretadas mediante la técnica petomusical, con la intención de hacer él la segunda
voz; ocurrió que su entrañable amigo, el pianista Paderewski, le reprochó agriamente
el “desvariado propósito” de presentarse como petómano: “¡Deje esas cosas para
Diaghilev, que es marico!”, le dijo, y también lo obligó a cambiarle el título (I.J.
Paderewski, Memorias, 1940). Otro autor de menor resonancia es el alemán nazi A.
von Kitshen, autor de la cantata Über alles lieben Hitler para coro de hijos de puta y
orquesta de petómanos; una obra del todo olvidada; por lo general, se han hecho para
esa modalidad de interpretación transcripciones de piezas compuestas para otros
instrumentos solistas.
Se cree que la última exhibición de un número petómano en la historia de las
variedades fue en 1961, en un cabaret en Berlín, a cargo de la artista tailandesa
Yingluck Abhisit-tai, que además de pear como los ángeles, bailaba. Tañía una flauta
dulce e interpretaba pasajes de las piezas ligeras de Beethoven: Para Elisa, las
bagatelas, las danzas, algo de una sonata…
No está ausente el pedo en la inspiración popular, en la canción romántica por
excelencia de la región del Caribe, el bolero; véase este ejemplo:
Quejido de amor
Y es que al estar un culo enamorado
por la pasión intensa, quebrantado,
deja escapar un quejido silente
que tan sólo por el olor se siente.
Si no responde a su súplica el amado
el pobre culo quedará desgarrado
como efecto de un pedo imponente
que exhalará cual aullido inclemente
para llamar la atención del desalmado
que a ese culo infeliz ha despreciado.
No cabe duda si ocurre algún bullicio
porque de pedo, eso es claro indicio.
Pero, cuando se trata de sutil silbido:
¿es un peo, o gemido de corazón herido?
Sorprenderá al lector saber que su autor es el legendario Agustín Lara; pretendía con
ese bolero hacer una humorada escatológica; al interpretarlo por primera vez en el
cabaret Baccarat de Ciudad de México, en 1928; para su infortunio, ante un público
de ruda sensibilidad; la gente se escandalizó; un sujeto lo asumió como una ofensa
personal y lo agredió, causándole una herida en la cara; Lara no lo cantó más nunca y
la experiencia marcó su rumbo artístico: a partir de ella decidió distanciarse del
Prodavinci - 11 / 16 - 29.11.2014
12
elevado vuelo poético revelado en esa pieza, y dedicarse solamente a componer los
boleros cursis que cimentaron su fama. La música original se ignora; pero el
cantautor portorriqueño Ricky Martin le puso una de su autoría; ha rehusado
grabarla; la interpreta exclusivamente en recitales privados.
No se han quedado atrás nuestros hermanos argentinos en la celebración del flato
en el género melódico-cantable emblemático de su nacionalidad, el tango; aunque el
siguiente se toma como anónimo, los estudiosos del arte popular de ese país atribuyen
la letra a Carlos Gardel, a partir del dato biográfico, verificado por numerosas
testigos, de la inclinación rinoflerista del Zorzal Criollo:
El placer supremo
Nútrela con manjares suculentos
de los que tienen efectos flatulentos,
espera el inicio de la combustión
de los manjares, o sea la digestión:
es el momento de llevarla al lecho.
Haz que se tienda sobre su pecho
y que te ofrezca lo más señero
de su cuerpo: el soberbio trasero.
Pon un cojín bajo de sus caderas
de modo que levante las esferas.
Quizá ella espere, atemorizada,
que por ahí, va a ser penetrada,
o sea, una potente sodomización.
¡Será equivocada esa suposición!,
porque su amante es un rinoflerista:
de ventrales aromas, fetichista,
y sólo pretende tener la sensación
de la más exquisita degustación
al hundir entre los globos, su cara,
aspirando el placer que le depara
el efluvio enervante y divino
que se desprende de su intestino.
A todo lo largo de la Historia los escritores han rendido tributo a la flatulencia; la
referencia literaria más temprana se encuentra en una tablilla sumeria (2500 a.C.?)
que honra al héroe conquistador de la ciudad de Uruk: “Al gran Lugal, que cuando
estalla su viento es como el vapor que se escapa del vino hervido”. En Gargantúa y
Pantagruel Rabelais imagina un monstruo que emite flatulencias pestíferas…
Shakespeare lo menciona en varias de sus piezas… en Rey Lear dice “Que venga hacia
ti el viento que rompe las entrañas… ¡El viento rabioso!” Francisco de Quevedo le
dedicó más de un poema…
La voz del ojo, que llamamos pedo
Prodavinci - 12 / 16 - 29.11.2014
13
(ruiseñor de los putos), detenida,
da muerte a la salud más presumida,
y el propio Preste Juan le tiene miedo.
Mas pronunciada con el labio acedo
y con pujo sonoro despedida,
con pullas y con risas da la vida,
y con puf y con asco, siendo quedo.
Cágome en el blasón de los monarcas
que se precian, cercados de tudescos,
de dar vida y dispensar las Parcas;
pues en el tribunal de sus gregüescos,
con aflojar y comprimir las arcas,
cualquier culo lo hace con dos cuescos.
El soneto es anticipatorio: en el s. XVII, Quevedo hace en esos versos una reflexión en
clave satírica de la relación de “la voz del ojo” con la vida y la muerte; un punto que
doscientos y tantos años más tarde, ocuparía espacio en las elucubraciones de
Sigmund Freud; volveremos al asunto más adelante.
¿Y qué decir del pedo y lo erótico, vale decir, del amor por los pedos, o petofilia? En el
extenso abanico de las parafilias, figuran aquellas en las que ciertos estímulos
olfativos y auditivos activan la sexualidad; las personas sensibles a los primeros son
los rinofleristas (del francés renifleur) y hay rinofleristas de las secreciones vaginales,
de los perfumes, de los excrementos, de los flatos, del olor de los pies… de cualquier
cosa que exhale olor; los que se excitan como efecto de los sonidos, son los
acustofílicos; obsérvese que el pedo satisface simultáneamente ambos sentidos, de
aquí el alto aprecio rendido a él por los eróticamente acicateados por a esas señales;
los petoacustofílicos son aquellos interesados exclusiva o principalmente en su sonido:
en la “música del vientre”, como la llamó el psicoanalista Ferenczi. En general, la
animación erótica provocada por cualquier cosa relacionada con el recto, se identifica
en el lenguaje científico como eproctofilia.
Petofílicos o petófilos de ambos géneros, han existido por montones a todo lo largo de
la Historia, y entre ellos contamos con celebridades; Leonor de Aquitania (c.
1122-1204) fue una de ellas; la reina hacía hartarse de alubias a sus amantes en una
cena temprana, y en el encuentro amoroso que venía después llegaba al delirio con
sus irrefrenables explosiones ventrales pestíferas. Il n´pas le amour sinse pets, decía
Leonor, sentenciosa. Hemingway no los despreciaba; una noche, después del noveno
martini en La bodeguita del medio de La Habana, se le escuchó decir “¿Qué puede
esperar uno al momento de sacarlo, sino un pedo… ¡Bien recibido sea!” En una de las
numerosas cartas destinadas a su esposa, Nora, de publicación póstuma, Joyce le
recuerda su regocijo salvaje al “tirarte al suelo sobre tu suave vientre y debajo de mí
y cogerte por detrás, como un puerco cabalgando a una cerda, regocijándome con
propio hedor y sudor que se alza de tu culo”…
Se ha llegado a estimar al pedo como la más elevada manifestación de intimidad y
confianza entre las personas, y es Quevedo, precisamente, el autor de este
Prodavinci - 13 / 16 - 29.11.2014
14
pensamiento: “Llega a tanto el valor de un pedo que es prueba de amor: pues hasta
que dos no han peído en la cama, no tengo por acertado amancebamiento”; entre los
petólogos no hay la menor duda respecto al aserto quevediano; motiva discusión entre
ellos, en cambio, la calidad del pedo en el contexto erótico; según los ortodoxos, sólo
es “prueba de amor” si es tempestuoso; por cierto, atendiendo a la sonoridad de los
cuescos, un teórico los clasifica en tres categorías: el “débil”, sea explícito o
disimulado; el último es aquel que se suelta lentamente y sin ruido, típico de los
ascensores atestados … Otra clase es el staccato, o tipo tambor de repetición, que se
ejecuta con placer en la intimidad, y finalmente, el de calidad superior, el pedo
“explosivo”, científicamente hablando: de esfínter abierto, que es de temperatura más
alta y más fétido.
Petronio de Almibara apunta que de ser débil, “no es más que el suspiro de un culo
enamorado”, algo que manifiesta el sentimiento, sin tener poder para hacer eclosionar
la pasión; punto de vista con el que concuerda el ignorado vate autor de los siguientes
versos:
Sin pretender llegar a la estatura
del maestro Francisco de Quevedo
–noble cantor en soneto del pedo–,
intento yo también igual ventura:
La flatulencia complace al oído
y al olfato, con su noble aroma;
y nos hace reír, cuando es en broma;
pero además, servicio da a Cupido.
Estando la pareja en plena acción
refocilándose en acto amoroso,
se expresará con creces la pasión,
y el placer más intenso y sabroso
¡si en ese instante un pedo poderoso
pone de manifiesto su emoción!
Al analizar el papel del pedo en el erotismo, otra vez aflora la dualidad del fenómeno
fisiológico que nos ocupa.
El flato es paradójico, tiene la rara virtud de significar valores opuestos, según la
intención de la persona emisora; reseñamos antes que tanto puede expresar
repugnancia como aceptación, y desgratificación como satisfacción; en el ámbito de lo
erótico también es bifronte, como Jano, el dios romano de los comienzos y los finales;
se vincula con el amor, vero principio de la vida, y con su terminación, la muerte.
Freud advirtió el lazo profundo entre el pedo y la vida (Eros) y su contradicción con la
muerte (Tanatos); estableció el padre del Psicoanálisis que el falo representa la
generación, ergo, la vida, y que el flato es un símbolo fálico pero en sentido inverso,
porque en vez de entrar, sale; de aquí que en el instante de la muerte –Freud dixi–
una ventosidad sea señal de esperanza: demuestra que todavía queda aliento.
Prodavinci - 14 / 16 - 29.11.2014
15
Y en este punto es imprescindible referirnos a aspectos de la obra freudiana
prácticamente desconocidos: su quehacer lírico y su vena humorística, por cuanto,
como lo hicieran en sus días los filósofos griegos, escogió la forma poética para
consignar el pensamiento expuesto supra, y lo hizo dándole a sus versos un vuelco
jocoso, creando lo que prácticamente es un gracioso chascarrillo, mediante dos de los
mecanismos de formación del discursos humorístico que estudia en El chiste y su
relación con el inconsciente: lo grotesco y el remate insólito de lo narrado; la
evidencia es un poema de su autoría, que él calificó de balada eroticotanática a
imitación de Heine; se siente en ella la presencia de Francisco de Quevedo como
fuente de la inspiración, tanto de la reflexión científica, como de su transfiguración
poética; recordemos la admiración rendida por el eminente psiquiatra al llamado en
uno de los numerosos libelos destinados a difamarlo “doctor en desvergüenzas,
licenciado en bufonerías, bachiller en suciedades, catedrático de vicios y protodiablo
entre los hombres”, cualidades estas, precisamente, en las que Freud veía un genial
ejemplo de insurgencia volitiva del ello contra las fuerzas represivas del entorno social
introyectadas en el superego. Terminemos esta Apología con esa balada.
Flatos de amor y muerte
Sabed vosotros, damas y caballeros,
que tratándose del deleite de Eros
vale el flato tanto como el abrazo
y como el beso, pues consagra el lazo
de intimidad que liga a los queridos
sin miedos ni pudores constreñidos.
Sigamos, sin el menor complejo,
este analítico sensato consejo:
Al estar encamados los amantes
al loco amor entregados, delirantes,
suelten, ¡cual veloces torpedos!
los pestíferos y atronadores pedos.
Pero el pedo, compañero de Eros
en sus ternezas, en sus encuentros fieros,
en sus deleites, en sus arrebatos:
también, a veces, hace burla a Tanatos.
Agonizante el enfermo terminal,
–situación asaz dramática y fatal–,
aportará una pizca de esperanza
si acaso, de su estragada panza
deja escapar un pedo resonante,
de esos, de hediondez sofocante.
Por cuanto ya, en postrera ocasión
no existe la menor represión.
Dirá entonces a medias sonriente
retardando su agonía el yacente:
Prodavinci - 15 / 16 - 29.11.2014
16
“¡Todavía me queda un hálito de vida!
¡No ha llegado el fin de la partida!
¿Habéis oído, hijos míos, el peíto
que he dejado salir por el chiquito?”[2]
***
(Traducción del alemán de R.M.)
[1] La Criptopornología tiene como objetivo descubrir contenidos escatológicos
ocultos en obras literarias y de arte en general; es una rama de la Pornología, ciencia
fundada por el doctor Otto Kleis-Hobba (1880-1963); su principal centro de actividad
mundial es la Escuela de Extraños Estudios Literarios, U. de Torr. L. Rizzo es
investigador asociado de esa institución.
[2] Con el término “chiquito”, equivalente a culito en castellano de habla vulgar, el
traductor pretende respetar el espíritu del autor, cuyo propósito evidente es darle un
viraje humorístico al poema en la última estrofa, y en particular, en el último verso,
por cuanto escribe der Pope, asimismo equivalente a culito en alemán coloquial, en
lugar de utilizar vocablos cultos para designar esa parte de la anatomía en su idioma:
der Arsch o der Hinter.
This entry was posted
on Monday, October 7th, 2013 at 3:21 pm and is filed under Artes
You can follow any responses to this entry through the Comments (RSS) feed. You can
leave a response, or trackback from your own site.
Prodavinci - 16 / 16 - 29.11.2014